
A todos los seres humanos los
une una igualdad cargada de diferencias.
Virginia Satir
En una reunión de amigas, Ana reflexionaba sobre la relación que tenía con sus tres hijos: Juan, Estela y Marta. Con Juan y Estela, las palabras fluían y se sentían bien unos con otros. Con Marta, aparecían distancias que no entendía. Y se decía, “ si todos crecieron en la misma familia, porque no nos entendemos?”
Esta reflexión también es usual escucharla en algunos lugares de trabajo: “… Si les comentamos la información a todos, cómo es que Juan y Pedro no la entendieron? “
Cuando esto ocurre actuamos a partir del supuesto que cuando hablamos, los otros piensan y sienten igual o parecido a la forma que pensamos o sentimos nosotros. Y que entienden lo mismo que nosotros y, si nosotros lo entendemos lógicamente, el otro también lo entiende.
El haber nacido en la misma familia o haber concurrido a la misma escuela, estar en la misma institución, formarse en determinada disciplina no da garantía que quienes participan en el proceso incorporen lo mismo. Sin embargo, en la práctica, se actúa esperando que el otro entienda lo que uno entiende y dice, y muchas veces, se da por sentado que si no lo hace, es porque no quiere.
¿En una clase se puede pensar que todos aprenden lo mismo? Y además, ¿Cómo corroboramos que sabemos las mismas cosas?
Si bien aprendemos conceptos que son comunes a la mayoría, al incorporarlos lo significamos de una forma particular, pues percibimos, procesamos y elaboramos lo percibido a partir de las caracteristicas geneticas y adquiridas de cada uno de nosotros.
Un estímulo externo excita los receptores sensoriales, y provoca en el cerebro una actividad neuronal que permite que cada signifiquemos personalmente cada experiencia a partir de lo heredado geneticamente y las experiencias de vida realizadas: lo vivido, los caminos recorridos, los estudios que realizados, los resultados obtenidos y los no obtenidos,los que queremos obtener, las posibilidades o limitaciones que nos presenta el entorno, etc.
Todo esto contribuye a que cada persona signifique en forma particular lo que percibe. Es decir, sabemos casi lo mismo.
Es en el casi donde anida aquello que puede llevarnos a vivir las situaciones como fuentes de conflictos o de entendimientos, pues cuando la persona acepta que el otro piensa diferente a como puede pensar ella, incorpora el concepto de diversidad.
Somos miembros de la misma especie, la humana, compartimos códigos, costumbres y reglas como también tenemos características personales que nos perfilan como seres únicos, particulares.
El prójimo se nos presenta como semejante, pero no como idéntico. Y es a partir de este concepto, que valoramos la pregunta como nexo de comunicación eficaz, para acercarnos al otro y conocerlo, alegrarnos de estar y actuar en comunidad ampliando de esta manera nuestro mapa mental. En el decir de Virginia Satir: -“nos acercamos por nuestras semejanzas y crecemos por nuestras diferencias”
Son las diferencias las que nos permiten compartir planes, sueños, esperanzas, establecer lazos de confianza y generar actividades conjuntas en las que aprendemos cooperando unos con otros.
Luisa Cordeiro

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